
Algunos objetos viajan más que muchas personas.
Éste -un cenicero que no es bonito, que no cuesta dinero, que no fue comprado por nadie especial para nadie especial- ha cruzado dos veces un océano, el Atlántico, ha pasado algunos años en Nueva York, ha recorrido varios estados americanos, ha atravesado fronteras en Europa: de Treviso en Italia, a Madrid en España. Ha sobrevivido durante años a mudanzas, fiestas, cenas, noches en blanco, golpes, caídas accidentales al cubo de la basura, detergentes más o menos abrasivos... hasta que llegó a mi. Que nunca he estado en Nueva York, que no conozco Treviso y que ni siquiera fumo.
Precisamente por eso, es el mejor regalo que podían hacerme.
